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Notas de Opinion y Editoriales: Alberto Fernández, la gran incertidumbre
07/11/2019 | 31 visitas
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POR ROGELIO ALANIZ LA NACION

No deja de ser una paradoja que un político como Alberto Fernández, que se esfuerza por presentarse como el paradigma del realismo, sea al mismo tiempo el presidente que despierte más dudas acerca de su relación con el poder y de las orientaciones prácticas de su gobierno.

En homenaje a la verdad, convengamos que esta saga política se inició con un aura de misterio que para unos fue evaluada como maniobra genial, mientras que otros no vacilaron en calificarla de disparate político. Por lo pronto, y a la espera de futuros desenlaces, la "situación" que encarna Alberto Fernández muy bien podría asimilarse a ese excelente juego de palabras que hiciera en su momento Winston Churchill: "Se trata de una incógnita, envuelto en un misterio, rodeado en un enigma".

Este núcleo de incertidumbres se reveló hace seis meses, cuando los argentinos tomamos conocimiento de que el candidato a presidente propuesto por Cristina sería Alberto Fernández, un operador político conocido, pero que hasta la fecha nadie hubiera apostado sobre sus posibilidades presidenciales, ni siquiera él mismo, con lo que se demuestra el principio napoleónico que todo soldado lleva en su mochila el bastón de mariscal.

En un régimen presidencialista, en un país inficionado por la cultura populista, no está de más indagar sobre la personalidad del presidente. Y mucho más de un presidente peronista, fuerza política que desde su nacimiento cerró filas detrás del carisma de su jefe, conductor o líder. Lo curioso es que más allá de las promesas de lealtad que se juran Cristina y Alberto, a nadie se le escapa que en los juegos del poder la lealtad suele ser una invocación retórica y las mejores promesas son las que no se cumplen, como muy bien lo saben Cristina y Duhalde, y como no lo ignora Alberto Fernández, quien no vacila en afirmar que él y Cristina son lo mismo, mientras a otros interlocutores les sugiere que él es diferente y que esa diferencia es la que se le debe reconocer.

¿En qué estamos? ¿Alberto es Cristina o Alberto es Alberto? Es probable que ni a él mismo le importe por el momento descifrar este acertijo. Y hasta podría suponerse que esa ambigüedad hoy es un componente importante de su capital político, porque si bien esa ambigüedad puede ser la antesala de un desastre, es por lo pronto el punto de partida de quien, además de construir un nuevo liderazgo, debe gobernar lo heterogéneo, lo complejo, lo que en algunos momentos se presenta como sombrío, caótico.

Sabemos que en nuestro país los presidentes de la democracia llegaron al poder desde gestiones provinciales o carreras parlamentarias. El político profesional se forjó en esa escuela, pero Alberto Fernández no proviene de allí, sino de esa "profesión" ambigua, resbaladiza, moralmente dudosa, pero indispensable para el ejercicio de la política, que se conoce con el nombre de "operadores", personajes que frecuentan la corte, merodean el poder, conocen sus laberintos, sus tramas, rodean al "príncipe" o al presidente, con sus obsequiosidades, sus intrigas, su ingenio.

Operadores. Siempre el consejo oportuno, la decisión acertada y siempre dispuestos, fatalmente, a traicionar en nombre de las intenciones más puras e invocando los argumentos más nobles. Un "detalle" diferencia al operador del político profesional clásico: el político profesional está legitimado por los votos; el operador está legitimado por su partido, su jefe y en todos los casos por su saber, pero no por los votos. Ese "detalle" es decisivo para la cultura democrática, pero no me consta que lo sea para el ejercicio de la voluntad de poder.

Lo novedoso en el caso del flamante presidente electo es que por primera vez un operador, un cortesano, un confidente del poder fue convocado para ejercer la máxima responsabilidad política del país y esa convocatoria fue coronada con el triunfo en las urnas. La historia no absuelve ni redime en tiempo presente. Tampoco estoy seguro que a un político le importe demasiado el juicio de ese singular tribunal. Y a veces me inclino a pensar que, por el contrario, en la intimidad de su corazón admite que cuando decidió volcarse a la política vendió su alma al diablo y ya no es él quien decide.

Ya se ha dicho que no se registran casos de que una vicepresidenta designe al candidato a presidente o disponga de más poder. El único antecedente fue Héctor Cámpora, cuyo final fue trágico no solo para los peronistas, sino para todos los argentinos, aunque al respecto no hay por qué no creerle a Fernández cuando dice que no tiene nada que ver con el odontólogo de San Andrés de Giles, a lo que se añade el dato casi obvio de que Cristina no es Perón, pero sobre todo que ni Cristina ni Alberto deberán desempeñarse en una coyuntura tan cargada de señales de pólvora y muerte como fue la que se inició en 1973.

¿Y entonces? La incertidumbre. No hay antecedentes desde 1983 a la fecha de un presidente electo que despierte tantas dudas acerca de lo que hará, acerca de lo que le dejarán hacer y acerca de sus propias condiciones para desempeñarse en esa tarea.

Es verdad que en política la incertidumbre no necesariamente es un disvalor e incluso puede llegar a ser una eficaz estrategia de poder, sobre todo cuando se intenta representar a un arco social amplio y conflictivo. En ese sentido no se debería perder de vista que, si bien el gran acierto del peronismo en esta etapa consistió en unificar una candidatura, nunca olvidar que las contradicciones por las que se separaron y en más de un caso se odiaron, están vivas, lo cual, según se mire, puede ser una inquietante o pésima noticia.

Cristina Kirchner dio un paso al costado, pero se preocupó muy bien de no salir de la escena. Si lo que pretendía era sorprender, el objetivo lo logró ampliamente, aunque correspondería preguntarse si la decisión la tomó como un acto de creación política o impulsada por las circunstancias o dominada por la certeza de que ella no podía ser candidata porque un error, un capricho o una nueva derrota electoral la acercaban peligrosamente a un destino de presidiaria.

No es descabellado por lo tanto sostener la hipótesis de que, atendiendo a los procesos abiertos y los insistentes pedidos de captura, Cristina haya decidido luchar por su libertad respaldada por la legitimidad que le podrían otorgar los votos peronistas, legitimidad que las leyes y los jueces se empeñaban en no darle. Las declaraciones de Alberto Fernández en México, insistiendo en que han sido los fueros y el respaldo peronista los que impidieron que vaya a la cárcel, abona esta hipótesis.

Capítulo aparte merece la reflexión que practican con parejo entusiasmo Cristina y Alberto acerca de una conspiración latinoamericana para encarcelar presidentes supuestamente progresistas. Además de que las diferencias entre Lula y Cristina son marcadas, sobre todo a la hora de comparar las diferencias entre un luchador social y una abogada exitosa, habría que preguntarles a los predicadores de esta hipótesis conspirativa cómo explican que en esta irredenta "patria grande" haya más presidentes de "derecha" procesados y presos que de izquierda.

Anacronismos al margen, lo que parece estar fuera de discusión es que en términos de política práctica la candidatura de Fernández produjo resultados efectivos como lo confirman los recientes comicios, aunque una vez más importa recordar que la historia de un político no concluye con una victoria en las urnas. Es más, habría que advertirle que los capítulos más importantes aún no se han escrito. Y a veces me temo que ni siquiera están pensados.

Por: Rogelio Alaniz

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