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Notas de Opinion y Editoriales: España, entre el secesionismo catalán, la intolerancia y algo más sombrío
19/02/2021 | 42 visitas
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La violencia por el arresto de un rapero que ofendió a la Corona fue un gesto de censura sorprendente que opacó la elección en Cataluña y desató una ola de violencia. Pero hay otros emergentes de intolerancia y fanatismo que crecen. POR MARCELO CANTELMI CLARIN

Pocas horas antes del arresto en Cataluña de un cantante acusado de haberse burlado de la monarquía, una chica vestida de azul en un cementerio de Madrid reivindicaba con tonos militares a la brigada franquista que combatió junto a las tropas de Hitler. Mientras insultaba al pueblo judío, sus “camaradas” alzaban el brazo en perfecta coreografía nazi. En otro rincón de ese panorama, un sector ya minoritario de la ciudadanía catalana repetía gobierno el pasado domingo en una elección que ganó, a su modo también, la ultraderecha xenófoba y medievalista del partido Vox que pasó de cero a 11 bancas en el parlamento regional. 



El artista detenido, el rapero Pablo Hasél, había sido condenado a nueve meses de prisión por haber insultado al Rey emérito Juan Carlos, que en los últimos años ha hecho todo lo posible y con exceso para ser cuestionado y denostado. El arresto y la condena, una sanción más propia de otras fronteras, aparecería coherente con esos vientos que señalarían un giro extremo en la península. Hasél, un provocador, para muchos desagradable, aunque es su derecho, es el primer músico encarcelado en España desde el final de la dictadura de Francisco Franco. Su arresto disparó una oleada de violencia en el país.


Todo el episodio indica que se han corrido rayas que no deberían vulnerarse. Y esto sucede durante la gestión de un gobierno conformado por un partido socialista, que es el de la historia fundacional de la modernidad española, y una organización, Podemos, de corte populista y narrativa ampulosa de  izquierda. Pero atención, este no es solo un problema español.


La noción, defendida por muchos analistas y académicos, respecto a que se estaría produciendo un retroceso auspicioso de los modos autoritarios que se extendieron por el mundo en la década pasada, parece estar encontrando sus límites. También la idea más reciente, respecto a que la pandemia de coronavirus provoca la moderación de las sociedades para apoyarse en gobiernos más previsibles o eficientes que en la apuesta de aventureros.




El retroceso de Alernative für Deutschland (AFD), los primos ultras de Vox en la Baviera, hoy segunda fuerza política en Alemania, o el retraimiento hasta hace poco del soberanista Matteo Salvini en Italia, parecían confirmar aquella visión. Angela Merkel, la dura mandataria del ajuste en los '2000, se tornó diferente y aún más necesaria frente a la enfermedad. La victoria de Joe Biden, observada desde el tamaño del voto popular que lo eligió, también ha respondido a esa necesidad de una guía de mayor consistencia tras el decadente trayecto de Donald Trump.


La deuda social

Algunos de esos efectos benéficos persisten. Pero el problema es que la deuda social no ha hecho más que agigantarse minando la confianza en el presente y el futuro y en particular en las direcciones políticas. Y es ahí donde habría que mirar para entender lo que sucede hoy.


La historia brinda algunos espejos. La concentración del ingreso que se produjo por las convulsiones globales de hace casi tres lustros fue el factor de un cambio radical en el planeta que generó, entre otras consecuencias, alternativas políticas extremistas y la diseminación del populismo por derecha o por izquierda. Ese fenómeno es el que aletea ahora ominoso multiplicado por la crisis asociada a la enfermedad.


La sobrevivencia política que exhibe Trump, que acaba de sortear su segundo impeachment, está íntimamente vinculada a ese escenario. El ex presidente continúa canalizando la frustración de una enorme legión de norteamericanos que es el mismo proceso que lo llevó al poder hace cuatro años y que Biden necesitará tiempo para revertir, si es que lo logra. Entre tanto ese escenario persiste a punto tal que las encuestas señalan que una mayoría del electorado republicano le quita importancia al asalto por bandas de ultraderecha, xenófobas y racistas, del Capitolio el 6 de enero. Y sostienen todavía la historia inconsistente de una elección fraguada.




Trump es tanto Vox en España, como la AFD alemana o la ultraderecha de la Liga italiana que, junto con las tropas de Silvio Berlusconi o el neofascismo de Fratelli d’Italia, son hoy la fuerza electoral más importante de ese país, con la victoria garantizada en cualquier escenario electoral.


Esas contradicciones económicas y sociales de los últimos lustros, están también en el trasfondo del renovado ímpetu independentista en Cataluña, que ha regresado a las primeras planas, sin haberse ido nunca del todo, por el comicio del domingo. En esa elección ganó el socialismo, pero el poder por alianzas parlamentarias, lo retendrán los secesionistas.  


El anhelo independentista catalán es centenario, y tiene como mayor emergente la guerra de secesión de 1714 que canceló los derechos culturales y nacionales de ese pueblo. Pero el punto en la historia reciente es otro. Refiere al extremo al que se ha aprovechado esa épica por parte de sectores que, muchos de ellos, nunca han tenido relación con ese pasado o le han importado poco esas reivindicaciones.


La debacle del llamado eurosur, desde Portugal a Grecia, a partir del 2009 fermentó una oleada de indignación debido al ahogo que trasladaba los costos de la crisis global del año previo al conjunto social. Se perdieron empleos, se fracturó la disciplina del pago de deuda, muchos acabaron perdiendo sus viviendas, la gente se suicidaba en Roma, Barcelona o Madrid y algunos países rondaron la quiebra como fue evidente en el caso de Grecia. España estuvo también en un pantano cuya magnitud explicó el surgimiento de nuevas fuerzas políticas que esmerilaron el bipartidismo que reinó allí desde aproximadamente la finalización del franquismo.


El escenario catalán

En ese escenario, a comienzos de la pasada década, el ejecutivo de derecha catalán, apremiado por la misma debacle de todo el país, buscó que el recién llegado gobierno nacional conservador de Mariano Rajoy accediera a que la autonomía contara con su propia agencia recaudatoria y gestionara sus impuestos. La propuesta la hizo en Madrid el entonces presidente catalán Artur Mas, un dirigente que venía de la cofradía política del conservador nacionalista y también corrupto Jordi Pujol, el mismo semillero del cual surgió el polémico ex presidente regional Carles Puigdemont, curiosamente reivindicado como un par por la inefable progresía latinoamericana.




La idea implicaba modificar en su favor la coparticipación de una región por entonces con el mayor PBI del país. Rajoy rechazó la demanda de plano. No iba a ceder un centímetro de su poder recaudatorio en medio de aquel desastre. La reacción del ejecutivo catalán fue la de sacar de los arcones las banderas independentistas para justificar, en el litigio con el gobierno central, los ajustes que caían a plomo sobre la población.


El gobierno de Puigdemont, que sucedió a Mas, fue uno de los que aprovecharon esa coartada y fue claro su respaldó a la ofensiva de los bancos para arrebatar su vivienda a las personas que, por la crisis, no podían enfrentar sus préstamos y que ni siquiera en la calle escapaban de esas deudas. No casualmente la Diada, la fiesta nacional del 11 de setiembre que recuerda la caída de Barcelona en aquella guerra de 1714, se convirtió en un multitudinario acto político en 2012, el año justamente que Mas intentó su fallido pacto fiscal con Madrid y que se aupó en esa enorme manifestación para adelantar las elecciones y renovar el mandato.


España salió del pozo profundo de la crisis durante la gestión de Rajoy al costo de una transformación interna que demolió grandes tajadas del Estado Benefactor y de los equilibrios sociales básicos. Un dato de cómo se hicieron las cosas lo revelan las estadísticas de la época de la OCDE, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Sostiene que España era el tercero entre sus miembros con el mayor rango de empleo temporario, 26,1%, seguido por Polonia y Colombia. Un estudio de Unicef, recordaba también por entonces, que la península ocupaba el mismo tercer puesto en el nivel de pobreza infantil dentro la comunidad europea, solo seguido por Rumanía y Grecia.



En esos números se encuentra la razón de la demolición política del PP, la atomización de los partidos políticos, y del surgimiento de expresiones que buscaron canalizar el repudio social, como antes Podemos y ahora el partido Vox. Por cierto, obedientes a la antigua regla sobre que la necesidad es hereje, tanto el PSOE del presidente Pedro Sánchez, como Podemos de Pablo Iglesias, labraron una deuda significativa con esa formación ultra, las otras rayas que se cruzaron. En enero pasado, el gobierno logró esquivar un abismo como el que llevó a la disolución al ejecutivo de Giuseppe Conte en Italia con el salvavidas que le echó aquella formación.


Se trataba la ley para canalizar la ayuda financiera prácticamente libre de devolución que la Unión Europea ha dispuesto para los países más afectados por la pandemia, los mismos recursos cuyo control administrativo generó el colapso italiano. En el caso español, 140 mil millones de euros sobre los cuales aun no hay total claridad sobre cómo serán repartidos. 


La ley ya había sido aprobada pero no tenía la ratificación parlamentaria pero tampoco reunía los apoyos suficientes debido a que los catalanes del partido de centroizquierda independentista Esquerra Republicana (ERC) cambiaron su voto y desampararon a la coalición gobernante. Ese giro tenía las elecciones del domingo en la mira. El ERC no quería resignar votos quedando pegado al gobierno al que culpa del encarcelamiento de sus dirigentes. Los ultraderechistas de Vox, la tercera fuerza política española, cubrieron el espacio dejado por los catalanes y salvaron a la coalición de Sánchez e Iglesias y, especialmente, el destino a definir de los recursos.

​© Copyright Clarín 2021 

POR MARCELO CANTELMI


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