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Notas de Opinion y Editoriales: La CELAC en Buenos Aires, los sonidos del silencio
21/01/2023 | 52 visitas
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La cumbre reúne, como si fueran lo mismo, a líderes autoritarios con demócratas institucionales. Lula da Silva debe intuir ahora más que nadie la importancia de esas diferencias tras la intentona golpista. POR MARCELO CANTELMI CLARIN

Hace casi una década, en enero de 2014, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC, creada en México en 2010 pero forjada por el eje bolivariano, realizó su segunda cumbre en La Habana. Raúl Castro era el presidente protempore.

El documento final, sin sonrojos de los presentes, hacía un firme llamado “a fortalecer nuestras democracias y los derechos humanos para todos”. Ese papel llevaba la firma de 29 líderes regionales, entre ellos el venezolano Nicolás Maduro, el nicaragüense Daniel Ortega, la argentina Cristina Kirchner, el ecuatoriano Rafael Correa, el boliviano Evo Morales y por supuesto los cubanos.

Es posible suponer que la liviandad para proclamar esos principios cruciales del sistema ignorándolos con descaro en la práctica haya ido condenando a la irrelevancia a ese organismo.

Ahora se lo intenta refundar en un esfuerzo que no parece destinado a resolver ese abismo entre hechos y palabras. El silencio suele ser ruidoso y la VII cumbre de la CELAC del martes de la próxima semana en Buenos Aires posiblemente confirme esa noción.

Lula da Silva será la figura de mayor relevancia en ese encuentro. Es así por razones diversas y objetivas. Ha sido coronado presidente por tercera vez en la segunda economía hemisférica, y expone la intención -habría que ver si están las posibilidades- de liderar para ordenar una región que experimenta una etapa de caos institucional sin precedentes, notablemente extendida de un país al otro.

La intentona golpista

El mandatario brasileño llega, además, con una experiencia única sobre esos deterioros. Acaba de sufrir un brutal intento golpista de un sector fundamentalista liado con su antecesor ultraderechista Jair Bolsonaro que entiende, como postulaba ese presidente, que Constitución o límites institucionales son cuestiones maleables y que el verdadero poder está en otro lado.

Ese liderazgo alimentó una polarización absoluta en el país, con un desprecio público del Ejecutivo hacia la justicia y con el intento de dominarla sumando al menos cinco jueces propios a la Corte Suprema para garantizar una mayoría automática.

Seguidores golpistas de Jair Bolsonaro asaltan el palacio presidencial de Planalto, en Brasilia, el 8 de enero. Foto: AFP
Seguidores golpistas de Jair Bolsonaro asaltan el palacio presidencial de Planalto, en Brasilia, el 8 de enero. Foto: AFP

Los fanáticos seguidores de aquel ex mandatario han enarbolado ese desprecio a los magistrados y el relato de un fraude sin pruebas para reclamar que los militares tomen el poder y derriben a Lula porque están en desacuerdo con el resultado de las elecciones de octubre. Una anarquía en su expresión más desmesurada. Pero una más por nuestros territorios.

No debe existir mayor lección para defender las instituciones que el peligro de perderlas. Pero esa experiencia puede ser un factor de incomodidades. El mandatario brasileño se encontrará en Buenos Aires con Maduro, un autócrata veterano en esas mismas prácticas antirrepublicanas con el agregado del secuestro, tormentos y asesinatos de disidentes.

El líder chavista cuenta con aliados en la estructura de la CELAC que amparan esos extremos al mismo tiempo que, sin prejuicios, censuran a Bolsonaro demandando desde Caracas o Managua la “defensa irrestricta de la democracia”.

La cumbre de Buenos Aires tendrá algunas ausencias importantes. No viene Ortega o el mexicano Andrés Manuel López Obrador que cuando viaja solo lo hace a EE.UU. Pero sí lo hará el presidente cubano Miguel Díaz-Canel, otro desafío que persuadirá a insistir en la fórmula del silencio.

El líder cubano acaba de fulminar lo poco que quedaba del valor simbólico de la Revolución en ese país con la condena a cárcel por años contra un amplio grupo de jóvenes que protestaban, como en Chile, Colombia o Ecuador, contra el ajuste inflacionario de la economía y la dolarización que amplificó la pobreza de la gente. Para solucionar ese estropicio exigían democracia. La mano del imperialismo, denunció el régimen.

El dictador nicaragüense Daniel Ortega no participa de la cita en Buenos Aires, sí lo haría su colegas cubano, Miguel Diaz Canel  EFE
El dictador nicaragüense Daniel Ortega no participa de la cita en Buenos Aires, sí lo haría su colegas cubano, Miguel Diaz Canel EFE

Es bueno el debate pero no es claro cómo Lula o sus colegas democráticos de la región se pararán frente a estos dirigentes y sus métodos. Si defienden la independencia de la justicia podrían confundir a su colega argentino, Alberto Fernández, que está intentando con la Corte la misma operación de control que pretendía Bolsonaro con el máximo Tribunal de su país y por similares motivos de rechazo a los fallos. 

Por si faltaran pruebas, hace poco se descubrió en el domicilio de un importante aliado del ex presidente brasileño, Anderson Torres, un borrador de decreto que proponía intervenir al tribunal electoral a cargo de un magistrado del Supremo y de ese modo anular las elecciones.

Ignorancia o estupidez

“Ignorancia o estupidez” le han dicho a este cronista altas fuentes del gobierno brasileño cuando intentan traducir los movimientos de sus vecinos argentinos, en especial por el irritante hábito de la Casa Rosada de inmiscuirse en la política de otros países como sucedió con Pedro Castillo, proclamado presidente por Buenos Aires antes de que lo hiciera la justicia peruana.

Un caso muy citado en esos vértices brasileños, como también el del apoyo público al rival electoral del ecuatoriano Guillermo Lasso, Andrés Arauz, bendecido por el polémico Rafael Correa.

En opinión de Lula, y así lo ratificó su canciller Mauro Vieira en una larga entrevista a este diario, Maduro y Ortega “son dictadores”. No serían los únicos. La caracterización se origina en la noción de que la democracia exige alternancia y más de dos periodos sucesivos “construye una dictadura”.

Lejos de condicionamientos ideológicos, el brasileño llegó a plantearle esa visión también al derechista colombiano Alvaro Uribe cuando también buscaba forzar a la justicia para abulonarse al poder. Tema complejo en la cita de Buenos Aires con la asistencia de Evo Morales, el mencionado líder cubano y su socio venezolano que posiblemente se disolverá en otro conveniente silencio.

Alberto Fernández tras su asunción con el líder cubano Díaz-Canel en noviembre de 2019. Foto: EFE
Alberto Fernández tras su asunción con el líder cubano Díaz-Canel en noviembre de 2019. Foto: EFE

El problema es que no es lo mismo el chileno Gabriel Boric o el uruguayo Luis Lacalle Pou, por citar un par de ejemplos, que muchos de los paisanos autoritarios del eje bolivariano convencidos de que la ley y los derechos provienen del voto y no hay reglas ni otro a ser respetado. Al equipararlos a todos como si se tratara de iguales, se disuelve el debate.

En medio de sus opacidades, es claro que la CELAC, que incluye a 33 países de América Latina y el Caribe, es un dédalo de opiniones y posiciones entrecruzadas. Esa realidad enredada proviene de la creciente crisis del sistema republicano y de representatividad en la región convertido en un mecano que se arma y se desarma al gusto y necesidades de quien atrapa el poder.

En ese camino el área ha perdido lonjas de la coherencia que requeriría la democracia para sobrevivir. Lula acaba de experimentar de un modo drástico el peligro de ese defecto.

El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Foto: Reuters
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Foto: Reuters

Un ejemplo nada menor de la ausencia de un acuerdo principista inicial, como el que implica por ejemplo la Carta Democrática de la OEA, organismo muy despreciado por mucho de los invitados de la próxima semana, lo brinda la crisis que atraganta a Perú. 

En ese país, el polémico presidente Castillo anunció en diciembre pasado el cierre del Congreso, la instauración de un gobierno por decreto y un Estado de Emergencia que limite las libertades individuales. Un golpe clásico como el efímero que se llevó adelante contra Hugo Chávez en abril de 2002 o el que se detallaba en el papel hallado en la casa del aliado de Bolsonaro.

Nadie acompañó la locura fujimorista del mandatario peruano, y en las dos horas siguientes fue destituido y arrestado. Lula da Silva fue uno de los pocos líderes que reaccionó con claridad a ese episodio, afirmando que Castillo “fue destituido a derecho” porque violó la ley.

Colombia, México, Bolivia y Argentina, en cambio, han defendido al atribulado ex presidente, sugiriendo que si el Congreso te asedia como le sucedió a este frágil mandatario pues se lo cierra, igual que a la Justicia si sus fallos no están alineados con lo que el líder demanda.

​© Copyright Clarín 2023


POR MARCELO CANTELMI


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