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Notas de Opinion y Editoriales: Debate Crónica de una sociedad asustada
22/09/2019 | 75 visitas
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POR NORMA MORANDINI LA NACION
Fueron llegando de a poco. Algunos cargaban reposeras. Otros, silenciosos, se sumaron a la fila que puso a los vecinos en alerta. Llegaba la noche y no había indicios de que tuvieran intención de abandonar la hilera que crecía como la inquietud de los que los observaban, sin ser vistos.

“¿Qué hacen ahí?” “¿Quién es esa gente rara?” “¿Son piqueteros?” “¿Buscan trabajo?” Las preguntas se fueron multiplicando como el miedo frente a esos muchachos jóvenes con estética de raperos que llenaban toda una cuadra del barrio de Palermo. La alarma corrió rápido a la velocidad del ciberespacio para que los vecinos estuvieran atentos a esos “intrusos” en la vereda.

La pequeña multitud permaneció en el lugar, ignorante de que era espiada y de que los vecinos ya habían llamado a la policía. Un móvil se acercó a la fila, indagó las razones de la concentración que luego trasladó a los asustados vecinos.

La muchachada estaba ahí para pasar la noche a la espera de la apertura del local de zapatillas para ser los primeros en comprar el nuevo modelo de “la diosa de la victoria” tal el significado de la codiciada marca. En cuanto ese grupo de jóvenes aguardaba la salida del sol por una zapatilla, la ciudad amanecía con otras alertas y otros temores: los cortes, piquetes y acampadas de las llamadas agrupaciones sociales. La mirada de cronista me protege de esa invitación al contagio del miedo y los prejuicios que perviven en una sociedad agresiva de la que no estoy protegida: la malicia del colectivero que me ve correr pero arranca raudo,como si saboreara su reacción canallesca.

El empleado que me ayuda en un trámite electrónico me indaga con angustia: “¿Y qué va a pasar?” La pregunta que se escucha por doquier y delata lo que enferma, la incertidumbre. En los taxis, las radios encendidas reproducen esas alertas y el palabrerío suena alto como las bocinas del tránsito.

El termómetro cotidiano da el precio de ese bien codiciado como esquivo, el dólar y el riesgo país mide para el mundo del dinero lo que nos falta como sociedad, la confianza. Ese imponderable que delatan los números que se nos presentan con rigor científico, sin que nadie se haga cargo de la irresponsabilidad de las profecías.

Números para la pobreza, porcentajes para el desempleo, dígitos para la inflación. Si dan ganas de tomar prestada la exhortación de Leonardo da Vinci: “matemáticos corrijan el error, los números no tienen alma”. La humanización necesaria para evitar las simplificaciones y el terrorismo verbal ante los micrófonos.

La realidad es tan contradictoria y compleja que no admite el encasillamiento en una cifra. Sin que nos reconozcamos parte de una sociedad que elude los problemas ni parece dispuesta a mirarlos de frente sin descargar las culpas en los otros o seguir creyendo que alcanza con nombrarlos para resolverlos.

Entre el pasado que no pasa y se vive como aprovechamiento político y el futuro como amenaza, eludimos el presente para resolver los problemas, cuyas soluciones se postergan. Y lo que es peor, cada uno de nosotros, por comodidad o temor, callamos. Sin saber muchas veces como enfrentar el griterío que se impone como verdad, nos desorienta y nos hace perder la confianza. En nosotros mismos y en el derecho que nos asiste a vivir en una sociedad normal, aun cuando tal aspiración suene excesivamente modesta, pero necesariamente democrática.

En ese caso, no se puede dejar de denunciar el carácter autoritario de los que se aprovechan de la generosidad de la democracia que no exige requisitos para conseguir bancas en el Congreso pero después se imponen en las calles y atentan contra la convivencia democrática. Ni la distorsión legislativa de un Congreso que desde hace décadas viene legitimando la postergación de las emergencias y expresa el fracaso de la política. Como su negación.

Todo el mundo señala a todo el mundo, las culpas se ideologizan, en el sistema, en el capitalismo, en el neoliberalismo o el peronismo y la cultura del miedo parece rentable electoralmente sin que la dirigencia política reconozca su parte de responsabilidad en el cuesta abajo en la rodada.

En la noche, algunos tertulianos que se presentan como periodistas multiplican las alarmas, amplifican los miedos y las desconfianzas. Repiten las cifras y las simplificaciones eludiendo la que es función de la prensa, mediar entre la información y la ciudadanía que necesita de ese derecho para ejercer con responsabilidad el privilegio de elegir a aquellos que deberán tomar decisiones en nuestro nombre. Frente al que dice que llueve y el otro que lo niega, informan la divergencia, en lugar de hacer lo único que debe hacer un periodista que se precie, constatar si efectivamente llueve.

Una distorsión que se puede explicar con el hecho de que muchos periodistas, los más jóvenes, se formaron en las ideologizadas escuelas de periodismo del kichnerismo, cuya concepción de poder descree de la mediación de la prensa y por eso, intentaron cancelarla. El atril y la propaganda remplazaron la obligación de los funcionarios de dar conferencias de prensa y permitir el acceso a la información pública. Una distorsión igualmente antidemocrática que pervive peligrosamente en la confusión judicial de equiparar a la prensa, inherente al sistema de las libertades democráticas, con la “acción psicológica” de los espías del Estado en los tiempos de guerra. Sin que se termine de entender que los derechos no son privilegios. Menos aun delitos. Y los candidatos tienen la obligación moral de decir cómo harán lo que prometen, sin mentir ni defraudar.

Norma Morandini es periodista y fue senadora nacional.

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