La polarización parece pues definitivamente instalada; una contienda de emociones más que de razones, protagonizada por unos actores que se detestan recíprocamente. El prestigio no es por tanto el atributo que se expande y respalda instituciones legítimas; es en cambio producto del modo como cada extremo pretende monopolizarlo.
A caso valga la pena recordar esta reflexión de Alberdi en Las Bases…: “una vez elegido, sea quien fuere el desgraciado a quien el voto del país coloque en la silla difícil de la presidencia, se le debe respetar con la obstinación ciega de la honradez, no como a un hombre, sino como la persona pública del Presidente de la Nación”. Es harto difícil detectar ese respeto cuando asistimos a los vaivenes de un sistema político fracturado.
En esta fractura se destaca el doble juego del kirchnerismo que consiste en contemplar posible una acefalía del Poder Ejecutivo y, al mismo tiempo, en participar en elecciones. No faltaron voces que ratificaron esta apuesta aludiendo a que el gobierno, luego de la derrota electoral, había caducado. Es un estilo ya conocido entre nosotros que emerge cuando la crítica necesaria en una democracia deja de ser un valor instituyente y se convierte en un disvalor destituyente.
¿Favorece al Gobierno este doble juego? En buena medida podría favorecerlo, dado que la retórica oficialista sugiere que, de no apoyar a sus candidatos, el país caería nuevamente en el abismo del desgobierno populista. La pulverización del centro contribuye a plantear esta dicotomía típica de democracias incapaces de alcanzar ese mínimo de concordia sin el cual no hay estabilidad posible. Se conjuga de este modo el intolerante sesgo del Gobierno con la respuesta simétrica de la principal oposición.
Estas intencionalidades llegaron a un punto de ebullición durante la reciente corrida cambiaria, como si la mesa estuviese servida para decretar una inmediata defunción. Probablemente, esos sepultureros no sopesaron la importancia estratégica del factor externo encabezado por Donald Trump. En un santiamén Trump se convirtió en el gran protector de Milei otorgando una garantía de USD 20.000.000.000 para detener la corrida y saldar deudas. Inmediatamente, el riesgo país cayó a los niveles anteriores a los comicios bonaerenses.
Esta decisión nace de un vínculo que Trump y Milei comenzaron a cultivar tiempo atrás. El apoyo de Milei a la reelección de Trump fue terminante; por eso ha madurado el afecto compartido por estos dos líderes de la tormenta reaccionaria que sacude al mundo. En esa relación no importa tanto la convergencia ideológica entre un libertario devoto del orden espontáneo de los mercados y un mercantilista adicto al proteccionismo entendido como arma de presión y combate.
Nada más lejos de las ideas y nada más cerca de dos actores -el grande y el pequeño- que practican una contestación frontal de los regímenes establecidos hacia dentro y hacia fuera de sus fronteras. Liderazgos de ruptura que repudian a los contrarios negándoles su papel legítimo. Con este apego que sembraron en un pasado cercano y cosecharon en estos días, la Argentina es ahora el aliado más notorio de los Estados Unidos en América Latina.
Los efectos de esta protección imperial, que busca desplazar la presencia de China en el país cancelando el swap de USD 18.500.000.000, según ya advirtió el novel embajador de los Estados Unidos, se verán más adelante.
Por lo pronto, esa protección infunde calma a los mercados, pero no amortigua el despertar del Congreso que augura nuevas tensiones a medida que se desarrolla la campaña electoral. Visto el panorama más amplio que provee la forma federal de la República, y tratándose de una elección intermedia, la polarización pretendida tendrá diversos escenarios más o menos intensos.
Natalio R. Botana es Politólogo e Historiador. Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella